SOY INVISIBLE
Por Rodrigo Rieder
Siento que me he ido borrando de la mente de los familiares, igual que mi tío Joaco comenzaron a olvidarse algunas cosas, memorizo los almanaques del pasado y recuerdo a uno que contenía a una virgen de Fátima con los tres pastorcitos portugueses; ahora detengo la vista en el computador que está en el elegante mueble y al detallarlo veo la hora en numeritos pequeños y entonces comprendo que igual que las cosas antiguas yo también comienzo a desaparecer.
Me siento en un mecedor que Cecilia me destinó y comienzo a rumiar el pasado e imaginarme el futuro y me digo: "si llegase a encontrarme entre mis hijos cuando esté viejo destinarán una alcoba apartada para mí y, si la familia donde me encuentro crece un poco más me echarán para el cuarto de atrás".
Me imagino meciéndome y mirando el infinito en la puerta que da al patio escuchando la bulla y algarabía de los jóvenes y los niños, igual me supongo repitiendo mi pedido constante del arreglo de la ventana por donde entra la brisa y la tierra al sitio donde duermo, pero nadie me para bolas, a pesar de que seguramente alguien me siente toser en algunas noches.
No encontraba el momento de escribir sobre esta inquietud porque a pesar de memorizar el tema, este luego se me olvidaba, bueno, pienso que también este olvido enlagunado es motivo de la vejez que siento avanzar hacia mí.
He notado como ha ido cambiando mi voz de trueno, mi carácter se ha suavizado y los pasos se han tornado más lentos acompañando a los dolores que me llegan a los huesos; lloro con mucha facilidad, especialmente cuando veo la gloria alcanzada por otros y que no pude alcanzar en esos sueños de ilusiones de mi juventud. No sé cómo será cuando les hable a los nietos y estos no me contesten por considerarme un personaje obsoleto y sin valor.
En fin me he ido preparando para todas estas cosas que veo venir junto con los años, ya siento que intervengo en las conversaciones de los jóvenes y no se tienen en cuenta las consideraciones que planteo; entonces me lleno de tristeza y me encierro a rumiar esas acciones que transformo en pena. Lo hago así, para que de pronto, comprendan algunas personas que creo que me quieren vean que estoy enojado y se den cuenta que me han ofendido y vengan a buscarme y me pidan perdón.... Pero nadie viene; ni siquiera Cecilia, para ella también soy invisible y eso me duele más.
"Me van a extrañar cuando muera", pensé; pero estoy vivo; si digo eso así, seguro se reirán, sentí a Cecilia tomar determinaciones sin consultarme, inclusive viajó a Bogotá impulsada por enemigos de mis acciones e ideas y me llené de una tristeza tan profunda que llegué a desear la muerte; estuve llorando en mi cuarto, hasta que en la noche a su regreso entro y la vi llegar ufana y con tintes de mujer bogotana orgullosa de hacer lo que le da la gana
Fue entonces cuando me convencí de que soy invisible y recordé que sus consultas y decisiones ya no me las informa, mientras tanto las comenta por teléfono o en reuniones con algunos otros familiares y amigos; ¿seré estorbo? No, soy invisible.
Si hago un almuerzo, siento el comentario cuando estamos en la mesa sobre lo salado que está, pero si lo hace otra persona aunque esté en peores condiciones, ningún comentario saldrá de alguna boca, todos comemos en silencio; "como lo hiciste"; otra de las preguntas de cajón; pero es es solo para saber si me lavé las manos al preparar esa comida; ah pero cuando hay consideraciones de que lo hice mal, o me requivoqué, entonces ahí no soy invisible. Como fue mi costumbre todas las mañanas de llevarle tinto a Cecilia a la cama todos los días y la llamo para que se tome sus pastillas cotidianas; la semana pasada tomé la determinación de suspender tal acción mañanera, el tinto siempre está frío al cabo de un rato y la pastilla sigue en el mismo puesto.
Hoy me levanté temprano; había tenido un sueño en la noche, soñé que me vinieron a decir unos familiares que al día siguiente nos iríamos todos de día de campo. Me puse muy contento. El sábado fui el primero en levantarme y llamarlos a todos, quise arreglar las cosas con calma, me tome mi tiempo para no retrasarlos, luego supe que ya se habían ido sin mí. Me había parado en la escalera del apartamento en Ciudad del Sol a esperarlos. Cuando de pronto los vi pasar en medio de bullas y alegrías, comprendí que yo realmente no estaba invitado, tal vez porque no cabía en el vehículo o ya no tenía carro, ni podía manejar para transportar a algún grupo. O porque mis pasos tan lentos impedirían que todos los demás corretearan a su gusto por el río o la playa. Sentí clarito como mi corazón se encogía la barbilla me temblaba como cuando uno se aguanta las ganas de llorar y desperté llorando de verdad y convencido de que realmente soy invisible.
Cuando tu pareja toma determinaciones sin consultarte o sin tu aprobación hace lo que le dicen otras personas te decepcionas, te entristeces, te sientes usado, pues a veces te preguntan, "quieres comer en el cuarto" y si asientas, te llevan con pocas ganas los platos servidos al lugar que tu escogiste tras una pregunta, te sientes infeliz y culpable de haber respondido la elección; pero ahora en adelante ya no me mortificaré, me he convencido que realmente soy invisible en mi hogar.
