CRÓNICA DE UNA VIDA REAL "La Palestina criolla"
Por Rodrigo Rieder Durán
Dos hileras de mangos hacían una calle de honor al caserón con techo de palma, que frenteaba la estancia completa, tres cuartos en la parte trasera comunicaban con una cocina donde la leña siempre estaba ardiendo. El entorno estaba sembrado de cuanta variedades frutales permitía el clima cálido de Codazzi, población que por los años 50 se vislumbró como la redención agrícola con sus extensos campos algodoneros.
En 14 hectáreas, Ulises Durán había construido un edén donde solo se necesitaba sal para subsistir. Una acequia con agua cristalina regaba todo el predio compuesto de tierra fértil donde pequeñas parcelas se distinguían las unas a las otras por la variedad de sembrados de caña de azúcar, arroz, maíz, yuca, ñame, plátanos y guineos. Cercados protegían las hortalizas para que los tres caballos blancos, las cinco vacas y los dos burros, no se las comieran en las noches de luna llena, cuando los cuadrúpedos, salían a recorrer los espacios limpios de pastos y malezas.
Cuando Ulises murió, todo ese paraíso se fue extinguiendo como cuando el pávilo de una vela pierde poco a poco su combustión, la viuda lloró mucho igual como lo hicieron los perros, loros y gallinas que instalaron una fuerte algarabía el día que se dieron cuenta de la desaparición del hombre que los instaló en ese paraíso.
Estaba muy pequeño y no entendía nada de la muerte; mi abuelo dejó muchas costumbres posesionadas allí como una gran herencia disfrutable todavía si hay disposición en cualquier familia; son ellas: la honradez, la responsabilidad, el amor, la constancia, la rapidez y la eficiencia como esmero por hacer las cosas bien.
Mas tarde cuando tuve uso de razón entendí a la muerte y sentí la falta de Ulises en el hogar disgregado por causas de la libertad tomada por cada quien y la responsabilidad asumida por cada cual, haciendo su propia vida.
El día que vi al buldózer entrar con la cuchilla altanera y desafiante entrar en el puentecito de la entrada no me creí estar allí mirando como la agresividad demoledora de la maquina arrasó con todos los frutales, tapó el cauce del liquido de la vida; dejo de correr la asequia ese día, luego machacó los cañaduzales que iban desapareciendo al paso pesado de ronrroneante aparato. Así lo hicieron mis sueños. No lloré ese día porque estaba muy pequeño para entender lo que estaba pasando, pero si lo hice muchos años después cuando volví al lugar donde encontré un aeropuerto instalado en una tierra árida, seca y sin árboles.
Se acabó la bonanza algodonera, terminaron los sueños de riqueza y solo quedaron los recuerdos de un pasado regalado junto a la tristeza profunda de haber tenido y solo eso tener. Sueños del pasado.
Hoy nos hablan los técnicos de las granjas integrales. Si tienen razón; yo viví esa delicia y aspiro morir en ella; son mie sueños, como lo pueden ser los de cualquier cesarense con alma de campesino, como somos casi todos. Una madurez abriendo los ojos como se abre el alma cuando se es felíz; observandolos horizontes de las auroras y los crepusculos tras la tranquilida ahora perdida pero con la voluntad igual a la de todos los colombianos de volver a ser la Colombia que fuimos cuando estabamos mirando de frente al campo.
AHI SE ENAMORÓ MI PADRE POR PRIMERA VEZ
En esa finca parcela llegaba mi Mauricio montado en un buey que tiraba una carreta donde un polvillo rojizo siempre cubría en mesoncito de la misma donde él transportaba ladrillos para mantener la afición de Rodolfo mi abuelo, quien construía viviendas, locales y cuartos por afición. Mauricio traía carne y sal para que mi abuela Rosa completara el menestar culinario de la pequeña finca y se llevaba las panelas que allí se fabricaban y que luego iban a parar a los anaqueles del pequeño almacen-micelanea que mi abuelo mantenía en el pueblo donde todos los fines de semana se llenaba de campesinos que llegaban de distintas parcelas incrustadas en la Serranía de Perijá y en el terreno plano de la población de Codazzi.
Cada vez que llegaba a la estancia, Mauricio se entretenía mirando los ojos y el cabello negro de mi madre, una jóven que por esos entonces tendría unos 14 años de edad, luego inventaba juegos de futbol con los muchachos de la finca, alli estaban cinco monsalvetes hijos huerfanos de una pareja que había trabajado con Ulises mi abuelo: Antonio, Mabel, Toribio,Carmelo y Julio con ellos y algunos obreros juveniles se armaba el partido que entraba a alegrar las frescas tardes de La Palestina
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Ël llegaba cada cinco días y entre su mochila siempre venía un dulce o una flor que entregaba a Dilsa a econdidas, le picaba el hojo y agarraba su mano sin que nadie se diese cuenta; solo dos años los separaban en la edad.
Una de esas veces llegó en la mañana y no encontró a la joven en la estancia, con disimulo preguntó a Beatríz una de las jovenes que ayudaban en el lugar y ella le respondió que se encontraba en la acequia lavando ropa; ahi se fue por entre los matorrales y la divisó de espaldas fregando trapos sobre una piedra, se acercó con ciudado y le dió un beso en el cuello; ambos se sonrojaron y entre el susto y el gusto se pusieron de acuerdo como iba a ser la relación amorosa entre los dos.
De ese amor nacido bajo un árbol de guayabo y con el paso del tiempo tras una unión que duró 8 años nacimos: Rodrigo, Elina y Rodolfo.
MAURICIO Y DILSA, ÉL 18 AÑOS DE VIDA, ELLA 14 AÑOS DE EDAD.
