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La Coctelera

"MIS CRÓNICAS"

RODRIGO RIEDER DURÁN

17 Marzo 2011

Sepelio de mi padre

 Por Rodrigo Rieder

 Llegamos a las 9 de la mañana a San Diego; el sol estaba brillante y encontré los mismos árboles que siempre esperaron  mi arribo a la vivienda donde mi padre compartió los últimos años de su vida, una vida feliz al lado de Yamile, una gran mujer a la que admiro mucho por su abnegación, dulzura, constancia y buena anfitriona (le mejor que he conocido).

Inmediatamente  se pusieron de pie las personas que estaban en la puerta de la casa, presenté a mi Cecilia y de ellos recibí los abrazos de sentimiento y pésame que son normales en casos de  dolor fúnebre como el que llevaba en el pecho.

Aguardé un momento observando la limpieza de la mirada de mi hermano Richard, quien me analizó con esa particularidad que lo identifica con la nobleza y la ingenuidad; caminé un poco y me abracé con John; de él sentí la trasmisión de una tristeza propia del hombre que hace sus manifestaciones de dolor de una manera casi que imperceptible; luego  vino el abrazo con Gina, otra de mis hermanas y ahí estaba un poco más adelante Rafael Mauricio, con un peinado de joven combinado con la seriedad del hermano-líder a pesar de ser el menor.

Había viajado desde Barranquilla con  Álvaro, otro de mis hermanos;  (somos 11) quien se acomodó en la parte trasera de mi Wolsvagen Gold acompañándonos en silencio durante las cuatro horas y media que duró el viaje en el cual hablaba a raticos con Cecilia mi esposa.

Un día antes había arribado desde Medellín Rodolfo y Elina estaba por llegar desde la misma ciudad, Mauricio  ya estaba en Valledupar con mi sobrina Dalima procedente de Barranquilla, faltando en ese momento solo dos de mis hermanos: María Margarita que luego llegó y Jairo, quien no pudo venir desde Aruba por cuestiones de cupos de vuelo.

Comencé a caminar a paso lento hacia el interior de la vivienda y ahí estaba la figura que parte el alma; una viuda que llora frente a un féretro del compañero que se fue; a nadie le duele más la partida de un ser que a un esposo o a una esposa; Yami llegó apresurada a mi pecho y lloramos juntos nos dijimos cosas sentimentales que no puedo escribir por la calidad intima de ellas y luego miramos el ataúd; Álvaro me esperó unos pasos y abrimos la ventanilla;  vimos su rostro dulce a nuestras miradas, sus finos labios se asemejaban a la delgadez de su cuerpo y lo parpados cerrados me hicieron acordar a sus largos silencios iguales a los míos; señales de tumores en el rostro habían sido rebajados por el maquillador fúnebre y su rubio pelo estaba sin brillantez.

Cerramos la pequeña puerta y nos retiramos a rumiar recuerdos;  vi a Mauricio escribiendo debajo de un árbol acompañado de su eterna Dalia y Cecilia y yo nos fuimos a cambiar de ropa a casa de Dulis Guerra; allí evoqué recuerdos que narré en voz alta a Cecilia sobre cómo era mi padre, quien según mi abuelo Rodolfo Rieder Herold, debía haber sido sacerdote; querer que luego se me consignó a mí cuando ya mi papá tenía tres hijos en su primera unión sentimental.

Mi abuelo y mi padre no se parecían físicamente, el viejo Rodolfo era más alto, su tez plomiza y el cabello cenizo hacía contraste con la piel y el cabello de mi papá. Con mi abuelo compartí mucho, él me llevó a vivir a su lado una vez pude ir al baño por mi propia cuenta. Mi abuela Paulina Tenas Anglés  fue quien nos dio a la mayoría de sos genes de personas rubias y pecosas; de ella tengo los recuerdos más hermosos de mi niñez, más adelante se podrá leer en mi libro que pronta saldrá a edición, cuan bella fue la vida a su lado.

Un particularidad de mi abuelo Rodolfo eran sus ojos azules cristalinos haciendo contraste con su dentadura forrada en oro que brillaba cuando reía; esa imagen nunca se borrará de mi memoria.

Al salir de la iglesia y llegar al cementerio me quedé rezagado recibiendo condolencia y luego me hice al lado de otras tumbas tratando de protegerme del canicular sol de la tarde sandiegana; allí  llegaban los ecos de las canciones rancheras que tanto cantó él en vida y que Rafael Mauricio compartió con tanto tino en las alegrías de ese padre que no volveríamos a ver sentado en la puerta de su casa acompañado por su fiel Yamile.

Soy malo para los sepelios; para uno mío soy peor, digo mío, no porque fuese yo el muerto si no por la calidad del fallecido: mi padre.

De él tengo hermosos recuerdos; lo vi volar cometas con luces en el viejo Codazzi, lo vi trillar maíz con un motor a vapor en el viejo caney de mi abuelo, lo aplaudí cuando hacía piruetas en una bicicleta a toda velocidad frente a una multitud que le festejaba las gracias, lo recuerdo cuando llevó al pueblo el segundo vehículo que existía en esos momentos en el entonces caserío y que luego se transformó en un segundo bus que viajaba a Valledupar todos los días después de recoger los pasajeros puerta a puerta siguiendo un listado que mi madre construía en la noche tras las solicitudes de los aspirantes a pasajeros.

Vi como traía Venados, conejos, armadillos y tigres después largas cacerías en una región de montañas llamada El Sinaí, luego salía y paseaba sus presas  por la población  para luego la carne de las presas logradas entre sus amigos más cercanos. En carnavales me sentí orgullosos cuando lo vi disfrazado de sacerdote en una alegoría donde estaba acompañado por Rubén Padró,  Adaulfo Díaz, Jorge Celedón y otros que se me escapan.

Otros recuerdos fueron sus castigos, del que más me acuerdo fue cuando me dio latigazos por haber faltado al colegio, esa vez fue  Lety, quien detuvo la acción que luego fui asimilando hasta convertirme en el más estudioso de los alumnos del Liceo Santander.

En fin estábamos enterrando esas vicisitudes de una vida que me forjó la personalidad a base de hachazos, golpes, sufrimientos, limitaciones, gozos, satisfacciones, risas y llantos que hoy me hacen un hombre maduro y correcto como él quiso siempre que fuese.

Gracias padre, me diste grandes cosas a tu manera, las recibí a la mía y las aplico a la vida con base a como trataste de explicarme como era la vida. En algún momento te seguiré y se que aunque te hayas ido sabrás de este escrito como estoy seguro que aprobarás el contenido de mi libro.

 

 

Tags: sepelio, cuento, dolor

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1 comentario · Escribe aquí tu comentario

Cecilia

Cecilia dijo

Rodri mi amor, siempre voy a estar contigo.

18 Marzo 2011 | 02:27 AM

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