LAS CAMAS DE RODRIGO RIEDER
Por Rodrigo Rieder Durán
Hay cosa que usamos a las que casi nunca nos referimos y que desde tiempos inmemoriales le están sirviendo al mortal con la más ejemplar abnegación y sin embargo en muchos casos, no le brindamos aprecio.
Las camas por ejemplo, ellas nos brindan la oportunidad del descanso., del sueño y el retozo con nuestros seres queridos; en ellas dormimos y hacemos el amor, damos y recibimos besos. Pero a pesar de todo eso, pasan inadvertidas y condenadas a la ingratitud.
Podríamos amarlas sin timidez y recordarlas sin rubor e incorporarlas al mundo de la ternura sin pensar que los que nos leen o escuchen hablar de ello, nos vayan a tildar de perezosos. No. Las hay de madera, de hierro, de lona, de paja, de algodón, de cuero, de plástico; muchas están cubiertas de sábanas muy limpias, otras con colchas de retazos, otras solo tienen el colchón, algunas tendrán tibias cobijas que llegan a la fastuosidad, otras vestidas pobremente y manchadas con resinas humanas y aceites corporales. Todas son merecedoras de éste modesto homenaje; por lo regular en ella nacemos y en ella morimos algunos, allí esperamos la visita del sueño y del insomnio y tenemos las faenas nupciales que preludian los embarazos y los partos; humanicémoslas, ellas hacen parte de nuestra existencia.
Se lo merecen; ellas gimen bajo los cuerpos que se abrazan o se quejan de dolores; a veces se derrumban y no protestan, ni amenazan a los causantes de su ruina o de su apariencia; obedecen a las manos que las arman y las desarman o las llevan a los cuartos del olvido cuando se cree que por el momento son inservibles.
Unas parecen balsas flotando sobre el río del tiempo, otras navíos que bambolean al ritmo de nuestros movimientos; las hay mal labradas, de palitos frágiles y burdos tomados directamente del monte a las chozas, unas angulosas, otras parecen tronos, algunas están más cerca del suelo y otras están recamadas en el mismo piso.
Camas tibias y frías, camas duras y blandas, pero todas en trance permanente de ofrecer a los vivientes el apoyo que necesitan, cuando el descanso es obligante y la posición horizontal se hace necesaria.
Se parecen las madres y las camas, Madres son éstas últimas también, porque soportan con ternura nuestras angustias y cavilaciones, las dudas que llevamos, igual que los celos y los rencores pero sobre todo el peso de los hijos, que somos todos los hombres y las mujeres.
No sé cómo será la cama de cada uno de mis lectores, pero si se que en cada una de ellas, comienza cada día un nuevo horizonte que puede hacerse realidad con nuestras acciones. Ayer fui a ver camas en el centro, unas están afuera interrumpiendo el paso de los peatones, en el interior oscuro de los locales comerciales y en las mentes de los vendedores que las ofrecen de todo tipo y contextura; también en la mente de los compradores; pero hay desgracia para quien no tiene una cama.
En la noche vi a los que no la tienen, pero la fabrican momentáneamente con cartones, sobre una puerta o terraza, en el recodo de un solar o una casa abandonada; de eso debemos librar a nuestra Barranquilla, ciudad que nos llena de orgullo cuando la nombramos y registramos su característica relativa de ser una población con calles sin gamines, sin dementes, ni vagos durmiendo sin tener camas. Las camas que causan temor son las de los hospitales y las de la cárcel; Dios nos ha librado de ellas y
eso se lo agradezco a cada rato; ambas maltratan, unas en el cuerpo y otras en el alma; son las camas realmente duras para el ser humano.
Recuerdos
En mi juventud, nunca tuve una propia; la niñez de mi época en la región norte de esta bella Colombia, especialmente en el Macondo de García Márquez, donde la juventud en su momento fue acostumbrada a dormir en hamaca; siempre observé una cuna azul de hierro que fue siendo heredada por los hermanos que me secundaron: Elina y Rodolfo, mientras tanto los que crecíamos íbamos pasando a dormir en el aire, dependiendo de los icos que sostenían a la hamaca respectiva que nos ayudaba con el calor tropical ante la carencia absoluta de energía eléctrica y, por supuesto de ventiladores.
Dormí en cama cuando llegaba acompañando a mis padres en alguna visita en otra población, esa noche me llegaba la ufanidad al interior del ser, me sentía dueño de la noche y de la cama asignada, la amaba por esa noche y por las que siguieran; después vinieron muchas, algunos chillonas, otras fuertes, silenciosas, duras y blandas, de paja, de algodón y de esteras, altas, bajitas y hasta las improvisadas en el suelo con base de periódicos viejos, en fin camas eran.
Una vez en Porlamar dormí en una de alambres sin colchón, otra vez dormí en una de arena en las playas de San Juan en Puerto Rico, igual reposé en cama de hojas durante mis épocas de cazador-depredador, compartí cama con mis hijos pequeños cuando la soledad hizo presencia en mi andar por primera vez y me enfrenté a la vida solo, junto a ellos. Cuando estuve en Bogotá fue cuando sentí la gran falta que hace una buena cama; el frio lo lleva a uno a detener el pensamiento en las buenas y a recordar con un poco de desdén a las camas mal elaboradas en su textura, blandura, olor y comodidad.
Hoy procuro tener la mejor de ellas; Cecilia me entendió clarito los mensajes que poco a poco le he ido haciendo llegar con respecto a la calidad de nuestro nido de amor; claro esa cama en la que compartimos todo, es el mejor sitio para estar bien, allí, no discutimos por respeto a ella y a la vida; allí no nos hacemos malas caras, aunque casi nunca hacemos eso, estamos convencidos que nuestra cama es para hacernos el amor, dormir, soñar, cambiar nuestros fluidos y hacer tantas cosas cotidianas que solo se hacen en una cama. Ella aprendió a consentirla, le cambia las sábanas todos los días, la limpia, la ajusta, le acomoda las almohadas, la adorna y le ha entregado dos colchones combinados entre suave y duro para mantener el mejor sitio del hogar en la mejor disposición: BUENA MI CECY.
