Categoría: dolor
5 Mayo 2011
Por Rodrigo Rieder
Estamos listos para salir al centro, le veo mirándose al espejo y pienso: "donde estaba este ser en el tiempo que he vivido antes de conocerla", es la felicidad y el orgullo de hombre enamorado saliendo por los poros. Ella lo sabe y me dibuja una sonrisa, veo la comisura de sus labios y los noto tiernos y jugosos, entonces me siento a observarla y veo en ella imaginariamente sus adentros. Retozo mentalmente con sus narraciones esporádicas donde me ha contado lo nutrida que fue su familia con respectos a sus cinco hermanos: Carlos, Freddy, Álvaro, Jairo y Patricia, quienes acompañaban a la tía Julia Esther Herazo, quien fcompañera eterna de su madre y a quien lloré el día que Dios decidió llamarla a su lado.
En el barrio Crespo de Cartagena fuimos felices por primera vez después que nos enamoramos en El Cabrero, allí sentimos que nos pertenecíamos y decidimos organizar nuestras vidas hasta el día de hoy. En el mes de mayo de 2003 conocí a mi suegra cuando todavía no lo era, la observé con el ceño fruncido y mirada melancólica, altiva sin serlo y ordenadora sin hacerse notar. Hoy al mirarla veo en mi Cecilia tintes de una copia calcada de esa madre que ella recuerda con nostalgia y cariño.
Uno de esos momentos cuando me encontraba mirando las corrientes del río Guatapurí en Valledupar la llamé y me respondió llorando, acababa de perder a su mamá, quise aprender a consolar a un ser querido pero hoy pienso que no lo hice bien, recuerdo entre las palabras que me salieron de los labios esto: "Quiero que sepas que no estás sola y que nunca lo estarás, porque sabes amar y porque estas hecha para el Amor. Y más que eso, sabes amar sin límites, sin cálculos mezquinos, sin esperar nada a cambio, sin temor a las miserias, sin deformaciones ni abyecciones, ahora me tienes a mí, estaré a tu lado siempre y nunca te dejaré".
Vuelvo a la realidad y la veo maquillando su rostro, ella es amante de las cremas para la tez de su rostro, pero la observo y se aplica poca, le da un toque a la comisura de sus parpados y se pasa las manos por el liso pelo que me enamora cada vez que la brisa me arrebata el gusto de juguetear con sus brillantes cabellos hoy color cereza por cosas de mi gusto.
Partimos y dentro del automóvil y mirando circular el trafico miro su perfil y me enamoro más de la mujer que un día me ofreció su vida hasta que el Todopoderoso lo desee. Entonces me siento sin mí, claro estoy sin mi porque estoy fundido en su ser, como ella lo está en el mío, le tomo la mano mientras espero el cambio del semáforo y le digo: te amo, ella me devuelve el gesto con una sonrisa y me da un beso en la mejilla que me llega a lo profundo del alma; seguimos y en el andar ya no siento nada, ella me dice que tampoco. Solo sentimos.
servido por Rodrigo
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14 Abril 2011
Por Rodrigo Rieder
Así como hay doctores en semántica, medicina, agronomía, arquitectura, ciencias ocultas y escasamente periodistas reales; también hay sufridores obstinados, sufridores tozudos, sufridores tercos y obstinados a los que les llamo sufridores profesionales.
Ellos nacen graduados; listos para ejercer la profesión desde que comienzan a desplazarse por el mundo; desde entonces comienzan a sufrir. Son los que crecen con esfuerzos superados por sus fuerzas; son los que no se atreven a cantar y menos a tocar un instrumento, o por ejemplo a una frágil paloma o a un grano de azúcar, porque piensan que la primera puede morir bajo su tacto y el segundo puede perder la dulzura y la consistencia.
A ellos les duele la mañana naciente y el día que agoniza; también sienten dolor por el pan del desayuno y el taburete donde se sientan, duele el calor del verano y el frío del invierno, el silencio de las estatuas y la sed de los desiertos. Ellos no entienden que el origen de todo cuanto existe tiene un misterio impenetrable y que en la vida lo mejor siempre es lo que sucede, sin embargo aún a sabiendas de ello, sufren porque las madres van perdiendo poco a poco el brillo de su juventud y los padres amanecen con más canas cada día. Se les ocurre que los ojos de las vacas son lágrimas gigantes y que el llanto de las mujeres abandonadas por sus hombres, son el principio de los ríos y los inviernos. Piensan que los hombres engañados por sus mujeres, son mártires que sufren su merecido por ser tan faltos de amor y dulzura con sus parejas.
En fin, son sufridores profesionales; sufren por todo, regularmente tienen un dolor en el alma y conviven con el odio y las comparaciones; si ven algo bueno a la vista y al sentir; tratan de encontrarle la parte mala y en ella fincan sus apreciaciones; si sienten un olor agradable, hacen lo posible por imaginar la procedencia del aroma y concluyen el nacimiento del hedor en la procedencia del orín de un mapurito; igual les sucede cuando tocan la tela piel de durazno del sedoso vestido de su compañera, o el suave paño del vestido de su hombre, piensan que es un engaño que se hizo a las larvas comedoras de la morera que sirvió de alimento al productivo insecto o a la cardada oveja que cedió las hebras para el precioso lienzo.
En fin; habrá muchos sufriendo y lamentando siempre culpando y señalando a sus seres queridos y a los extraños, por cualquier cosa que suceda a su alrededor, ellos no son satisfechos con nada, porque son sufridores eternos y tan eternos son que aún en sus tumbas siguen sufriendo abrumados por visiones apocalípticas y tentáculos vegetales que los estrechan fuertemente en lo profundo de sus tumbas.
Eso nos hace pensar, que el sufrimiento no sirve de nada, porque la vida seguirá su curso, los buenos podrán seguir siéndolo o convertirse en malos, lo agrio podrá volverse dulce y lo claro oscuro pues el mundo deberá seguir andando y ellos seguirán sufriendo como una parte del andar de este complejo universo que podría seguir igual, mejor o peor.
Por ejemplo: Las mujeres que se sienten atraídas por hombres problemáticos, distantes, inaccesibles, suelen terminar amando al hombre equivocado y sufriendo por amor. Se vale que sufra un rato, pero no para toda la vida, inclusive echando a perder el resto de su existencia; o los hombre a los cuales han desengañado sus mujeres definitivamente y llegan al extremo de perder el autoestima.
Si estás en un núcleo familiar que te produce insatisfacciones, en algún momento elegiste estar ahí y has creído conocer por lo menos una razón que te permitirá sanar lo que sea necesario para poder vivir tranquilo o tranquila, solo falta que lo emprendas.
Si crees que amar demasiado, aunque no te valoren y te hieran, es la forma de relacionarse en familia, pareja, amigos o conocidos, primeramente debemos precisar cambiar esta creencia dañina para aspirar a un vínculo sano.
Ojo, culpar es atribuir a alguien o a algo de la responsabilidad de un hecho, es una falla por corregir; para ser feliz hay que dejar de culpar a personas, animales y cosas.
Recriminar es reprender o censurar a alguien o a algo por su comportamiento. Cuando dejamos de culpar y de recriminar, entonces dejamos a ver responsables; debemos recordar que la responsabilidad es un valor que está en la conciencia de la persona; ella permite reflexionar, administrar, orientar y valorar las consecuencias de nuestros actos.
Si nos hiciésemos un manual para aplicar a la vida lo haríamos así:
* Reconozcamos y respondamos a nuestras propias inquietudes luego las de los demás.
* Mejoremos sin límites, los respetos y rendimientos del tiempo nuestro y los de las otras personas.
* Situemosno en las acciones anómalas que se generan de manera voluntaria o involuntaria y entremos a comprenderlas.
* Planeemos en tiempo y formas las diferentes acciones que conforman una actividad general donde intervengan otros seres.
* Asumamos con prestancia las consecuencias que las omisiones, obras, expresiones y sentimientos generadas en las persona, del entorno y las incomodidades en la vida de los demás.
* Dejemos de consignar nuestras equivocaciones, errores o aciertos a otras personas cuando sabemos que somos los responsables.
Cuando esos sufridores alcancen parte de esto, estamos seguros que comenzarán por lo menos a estar tranquilos aunque no dejen de sufrir, porque como escribí en un principio, "son sufridores profesionales"
Esperemos a ver qué pasa con algunos de ellos después de leer estás líneas. Mientras tanto seamos felices.
servido por Rodrigo
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12 Abril 2011
Por: Rodrigo Rieder
Los domingos de cualquier parte del mundo católico se deben aprovechar con mucho cuidado, pues es poco lo que hay que hacer especialmente en la costa norte de Colombia; son unos de esos días de aburrimientos cotidianos de los fines de semana, en los que muchas personas se dedican a jugar dominó en las puertas de sus casas o a libar alcohol, si acaso no se van a la playa o al río. Un día cualquiera me fui a un cementerio a vivir un rato con los muertos.
Bonito el parque cementerio, allí me senté a la sombra de un árbol y me puse a contar sepulturas y a observar las flores, muchas ya marchitas, otras artificiales; algunas acomodadas alrededor de los límites de la propiedad de cada difunto, otras en círculos entre tumbas solitarias, flores y flores en cualquier parte reservaban sus manojos; algunos maltrechos, otros mallugados para ser llevados a adornar las tumbas de los muertos.
La sección más nueva de estar recibiendo cadáveres, estaba repleta de visitantes, mientras que los lugares por donde hace algún tiempo se comenzó la siembra de despojos, estaba desolada proporcionalmente con las otras que a cada medida del tiempo pasado, iban mostrando el olvido de sus dolientes.
Eso me trajo a la mente, que los muertos como el amor y otras manifestaciones, reciben olvido con el paso de los años. En la parte nueva había una circulación animada de señoras de edad madura más que todo, con sus vestidos negros todavía, arreglando y regando con agua y lagrimas una que otra tumba, mientras que en los otros lugares se denotaba menos decoraciones y, los escasos visitantes presentaban vestiduras coloridas, pequeños grupos de viejos acompañados por jóvenes y niños hacían la visita en medio de animadas charlas denotando el olvido al dolor sentido en los primeros momentos de la partida del hoy difunto.
Como todo es posible en este mundo, lo mismo que en el otro, pensé que, podría ser que un día regresarían los muertos a descifrarnos los secretos que ellos ya conocen; podría ser que ellos retornaran y nos contaran lo que ocurre más allá de las tumbas y del misterio todavía inviolado.
En caso de que esto ocurriera, no me inclino del lado de las cosas amargas, de los castigos implacables y eternos; puede ser que cuenten cosas increíbles, bellas y del mismo linaje de los sueños despiertos de los hombres buenos y de la poesía, que no tienen desenlaces dolorosos y tristes, si no relatos maravillosos, de esos que derrotan el temor, las agonías, las funerarias y esas otras cosas que simbolizan y consagran la muerte, tan temida, tan desacreditada y tan oscura en esta vida que llevamos en pleno siglo XXI.
Si los muertos hablaran y volvieran con sus desconocidas y esperadas palabras, tal vez nos dirían que morir no duele nada, que hacerlo, es entrar al reino de la luz y de las flores que nunca se marchitan; poder perder peso sin ninguna dieta, o mejor sentirnos sin ningún peso encima y poder caminar sobre la brisa hasta el fuego de la estrella más lejana, sin tener la posibilidad de caer en cualquier sitio, conservando la transparencia y la serenidad. Que bello sería que esto que me imagino fuese así ¿verdad?
Si los vivos conociéramos eso; dejaríamos de visitar a las tumbas y comenzaríamos a envidiar la muerte, porque así es el hombre. Queremos el bienestar que el otro tiene; entonces entraríamos a querer morirnos. En los muertos desaparece la noción del tiempo, del espacio y del remordimiento; pienso que en sus adentros todo es salud, plenitud y esplendor, no hay zozobras ni oficinas, ni vanidades, tampoco patrones, ni palabras vanas, no hay; aguaceros, incertidumbres, porvenires, limitaciones, accidentes, pesadillas, traición, celos, ni dolor; tampoco existen las esperas frente a una secretaria grosera, o esas manifestaciones que hay que soportar en este tiempo aún sabiendo que son falsas y que debemos creerlas como ciertas.
Pienso que tras la muerte solo hay cosas buenas que se pasean sonriendo sobre las cruces y los terraplenes de tierra, en forma suave y silenciosa como el volar de las mariposas, pero que ese es un vuelo eterno donde no se pierde nada, pues no hay que hacer ningún esfuerzo para cruzar los mundos que tiene el universo.
"Si llegásemos a conocer la muerte; entonces estaríamos deseando morirnos". eso pensé cuando un pájaro cruzó volando sobre mi cabeza y se posó en un pequeño árbol a cantarle a los muertos sus suspiros que nacían de sus adentro.
LA REALIDAD
Llegué a ella creyendo estar dentro de un ataúd, sepultado muy profundo y mirando desde adentro la tapa del féretro y tratando de acomodar el cuerpo en el duro fondo de esa caja negra a la que estando vivos le tenemos mucho miedo.
Pensé en mi madre y su forma de llorarme, a los hijos cargando este cajón de madera y llevándolo a la carrosa fúnebre; me supuse los pensamientos de todos haciendo recorrido por mi vida en sus recuerdos imaginarios y poco ciertos; cuantas cosas materiales de las que manoseé ya estarán preparadas para entrar al olvido como lo estará mi persona y mi nombre en pocos años; bueno en fin pensé tras acomodarme en el banco duro que había encontrado en el panteón: "eso tarde o temprano debe desparecer por naturaleza, es materia".
Luego amarré el cordón de mi zapato y me dije: Rodri, lo que tu deseas realmente es que no desaparezcan tus acciones, tu amor por los que amaste, y que tu perdón siempre tenga esa característica de eterno, tal como lo concebiste el día que perdonaste; me estaba hablando a mí mismo cuando llegó a mi mente el pensamiento de ella; un ser que me conoce más que mi madre, que sabe cuando estoy triste o golpeado y que alaba mi alegría, que comparte desde un pan hasta sus orgasmos conmigo y que sufre cuando yo sufro igual que mi mamá.
La idealicé sonriente, la pensé vestida de negro y llorosa mirando con tristeza por dentro del alma mía; deseando morirse porque desde que me conoció y comenzó a amarme me dijo que no concebía la vida sin mí y, le creo. Entonces levanté la vista al cielo y oré en silencio pidiéndole al Todopoderoso, que me permita traerla yo a este lugar y no sea ella la que se siente en este lugar a pensar lo que ahora estoy manifestando en este escrito mientras llevan mis despojos a lo profundo de la tierra.
La veo ahí con su pelo liso y abundante, batiendo la soltura de ese cabello hermoso que tanto me enamora, la veo con ganas de morirse; pero también la veo que para ella morirse es vivir porque es estar conmigo. Sus parpados que para mí son palmeras batidas por el viento de mi respiración están ahora enjugados por lágrimas que limpian las telarañas que hay en su alma buena y solo me queda la esperanza de poder estar eternamente feliz a lado de ella: ES MI CECILIA.
servido por Rodrigo
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10 Abril 2011
Por Rodrigo Rieder Durán
Hay cosa que usamos a las que casi nunca nos referimos y que desde tiempos inmemoriales le están sirviendo al mortal con la más ejemplar abnegación y sin embargo en muchos casos, no le brindamos aprecio.
Las camas por ejemplo, ellas nos brindan la oportunidad del descanso., del sueño y el retozo con nuestros seres queridos; en ellas dormimos y hacemos el amor, damos y recibimos besos. Pero a pesar de todo eso, pasan inadvertidas y condenadas a la ingratitud.
Podríamos amarlas sin timidez y recordarlas sin rubor e incorporarlas al mundo de la ternura sin pensar que los que nos leen o escuchen hablar de ello, nos vayan a tildar de perezosos. No. Las hay de madera, de hierro, de lona, de paja, de algodón, de cuero, de plástico; muchas están cubiertas de sábanas muy limpias, otras con colchas de retazos, otras solo tienen el colchón, algunas tendrán tibias cobijas que llegan a la fastuosidad, otras vestidas pobremente y manchadas con resinas humanas y aceites corporales. Todas son merecedoras de éste modesto homenaje; por lo regular en ella nacemos y en ella morimos algunos, allí esperamos la visita del sueño y del insomnio y tenemos las faenas nupciales que preludian los embarazos y los partos; humanicémoslas, ellas hacen parte de nuestra existencia.
Se lo merecen; ellas gimen bajo los cuerpos que se abrazan o se quejan de dolores; a veces se derrumban y no protestan, ni amenazan a los causantes de su ruina o de su apariencia; obedecen a las manos que las arman y las desarman o las llevan a los cuartos del olvido cuando se cree que por el momento son inservibles.
Unas parecen balsas flotando sobre el río del tiempo, otras navíos que bambolean al ritmo de nuestros movimientos; las hay mal labradas, de palitos frágiles y burdos tomados directamente del monte a las chozas, unas angulosas, otras parecen tronos, algunas están más cerca del suelo y otras están recamadas en el mismo piso.
Camas tibias y frías, camas duras y blandas, pero todas en trance permanente de ofrecer a los vivientes el apoyo que necesitan, cuando el descanso es obligante y la posición horizontal se hace necesaria.
Se parecen las madres y las camas, Madres son éstas últimas también, porque soportan con ternura nuestras angustias y cavilaciones, las dudas que llevamos, igual que los celos y los rencores pero sobre todo el peso de los hijos, que somos todos los hombres y las mujeres.
No sé cómo será la cama de cada uno de mis lectores, pero si se que en cada una de ellas, comienza cada día un nuevo horizonte que puede hacerse realidad con nuestras acciones. Ayer fui a ver camas en el centro, unas están afuera interrumpiendo el paso de los peatones, en el interior oscuro de los locales comerciales y en las mentes de los vendedores que las ofrecen de todo tipo y contextura; también en la mente de los compradores; pero hay desgracia para quien no tiene una cama.
En la noche vi a los que no la tienen, pero la fabrican momentáneamente con cartones, sobre una puerta o terraza, en el recodo de un solar o una casa abandonada; de eso debemos librar a nuestra Barranquilla, ciudad que nos llena de orgullo cuando la nombramos y registramos su característica relativa de ser una población con calles sin gamines, sin dementes, ni vagos durmiendo sin tener camas. Las camas que causan temor son las de los hospitales y las de la cárcel; Dios nos ha librado de ellas y
eso se lo agradezco a cada rato; ambas maltratan, unas en el cuerpo y otras en el alma; son las camas realmente duras para el ser humano.
Recuerdos
En mi juventud, nunca tuve una propia; la niñez de mi época en la región norte de esta bella Colombia, especialmente en el Macondo de García Márquez, donde la juventud en su momento fue acostumbrada a dormir en hamaca; siempre observé una cuna azul de hierro que fue siendo heredada por los hermanos que me secundaron: Elina y Rodolfo, mientras tanto los que crecíamos íbamos pasando a dormir en el aire, dependiendo de los icos que sostenían a la hamaca respectiva que nos ayudaba con el calor tropical ante la carencia absoluta de energía eléctrica y, por supuesto de ventiladores.
Dormí en cama cuando llegaba acompañando a mis padres en alguna visita en otra población, esa noche me llegaba la ufanidad al interior del ser, me sentía dueño de la noche y de la cama asignada, la amaba por esa noche y por las que siguieran; después vinieron muchas, algunos chillonas, otras fuertes, silenciosas, duras y blandas, de paja, de algodón y de esteras, altas, bajitas y hasta las improvisadas en el suelo con base de periódicos viejos, en fin camas eran.
Una vez en Porlamar dormí en una de alambres sin colchón, otra vez dormí en una de arena en las playas de San Juan en Puerto Rico, igual reposé en cama de hojas durante mis épocas de cazador-depredador, compartí cama con mis hijos pequeños cuando la soledad hizo presencia en mi andar por primera vez y me enfrenté a la vida solo, junto a ellos. Cuando estuve en Bogotá fue cuando sentí la gran falta que hace una buena cama; el frio lo lleva a uno a detener el pensamiento en las buenas y a recordar con un poco de desdén a las camas mal elaboradas en su textura, blandura, olor y comodidad.
Hoy procuro tener la mejor de ellas; Cecilia me entendió clarito los mensajes que poco a poco le he ido haciendo llegar con respecto a la calidad de nuestro nido de amor; claro esa cama en la que compartimos todo, es el mejor sitio para estar bien, allí, no discutimos por respeto a ella y a la vida; allí no nos hacemos malas caras, aunque casi nunca hacemos eso, estamos convencidos que nuestra cama es para hacernos el amor, dormir, soñar, cambiar nuestros fluidos y hacer tantas cosas cotidianas que solo se hacen en una cama. Ella aprendió a consentirla, le cambia las sábanas todos los días, la limpia, la ajusta, le acomoda las almohadas, la adorna y le ha entregado dos colchones combinados entre suave y duro para mantener el mejor sitio del hogar en la mejor disposición: BUENA MI CECY.
servido por Rodrigo
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